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El ascensor

Hacía tiempo que en el edificio estábamos deseando instalar un ascensor. Son 5 pisos y en algunos vivía gente mayor. No teníamos mucho presupuesto, por lo que tuvimos que esperar que apareciera una oferta para poder llevar a cabo la inversión. Por fin, una mañana, mientras tomaba mi café matinal, apareció un caballero con sombrero, que nos ofrecía instalar un ascensor por menos de la mitad de lo que normalmente nos pedían.

Era la oportunidad que estábamos esperando. Por lo que nos dijo, era una empresa nueva y para darse a conocer, ofrecía a unas pocas fincas ascensores a precio casi de coste. Tenían alguna pequeña tara, pero que en ningún modo afectaba a la seguridad, por lo que aceptamos la propuesta de inmediato. En pocos días ya estaban trabajando en ello y unas semanas más tarde, el ascensor ya estuvo listo. Preparamos una pequeña fiesta de inauguración y aunque invitamos al caballero del sombrero, se excusó por no poder acudir.

Hizo venir a un chico con gorra, quién nos explicaría algunos datos sobre el nuevo ascensor. Básicamente era como todos los ascensores, pero con una pequeña tara. Haría unas indicaciones, por lo que me ofrecí voluntario para tomar nota de lo que nos fuera a señalar.

Para poder ir al primer piso, teníamos que subir al tercero y desde ahí bajar al primero. Para ir al segundo piso, llegar al cuarto y desde el cuarto si podíamos bajar al segundo. Para el último piso, el quinto, era un poco más de rodeo, solo se podía llegar desde el primero, por lo que deberíamos de ir al tercero, del tercero al primero y desde el primero subir al quinto.

Me lo apunté todo detalladamente en la libreta y propuse hacer unas pequeñas tarjetas a modo de chuleta y dárselas a los vecinos hasta que ya hubieran memorizado correctamente el recorrido del ascensor.

Cafe para todos

Para bajar, todo era más simple, desde el segundo y tercero debían de bajar hasta el primero y de ahí directo a la planta baja. Del cuarto y el quinto piso se debía parar primero en el tercero, seguir al primero y ya después, directos a la planta baja.

Pensé que lo más adecuado sería hacer dos tarjetas diferentes, una apuntando qué debíamos de hacer para subir y otra para bajar. Las haría de colores distintos para así evitar confusiones. Rojas para subir y verdes para saber cómo bajar.

Mi apartamento estaba en el quinto, por lo que debía de subir al tercero, bajar después al primero y directos al quinto. Aunque no me iba a costar mucho memorizarlo también me hice mis tarjetas. A pesar de este pequeño inconveniente para subir y bajar, todos estábamos contentísimos de tener por fin, el ascensor. Como era de esperar, los primeros días fueron los más complicados. Había quien se olvidaba alguna de las tarjetas y cuando regresaban a casa después de hacer recados ya no se acordaban como subir.

A los pocos días, un vecino vino a verme, era el del tercero B, por lo que tuvo que bajar hasta el primero y después, sin paradas al quinto. Era un semi-directo. Para bajar lo tenía aún más fácil, un directo al tercero. Precisamente, venia para comentar algo sobre el ascensor.

Me hizo notar, que todo estaba funcionando bien pero que el problema surgía cuando debía ir a casa de un vecino, sea para pedirle algo, echar la partida de cartas, que algunos de los vecinos mayores realizaban de vez en cuando, o simplemente saludar. Cada vecino disponía de sus tarjetas para subir o bajar desde sus casas, pero no como podían ir a casa de sus vecinos. La verdad es que no caí en ello cuando hice las primeras tarjetas. Era algo que debíamos de solventar urgentemente. Le prometí a mi vecino que buscaría solucionarlo cuanto antes.

Lo más práctico sería hacer unas nuevas tarjetas, que explicarían cómo llegar a cada una de las plantas del edificio. Para que fueran más fáciles de distinguir, haría una de cada color. Cada piso tendría asignado uno distinto, sin utilizar claro está, ni el rojo ni el verde que ya utilizábamos en las tarjetas personales de cada vecino. Hice de amarillo las tarjetas para llegar al primer piso, marrones para el segundo, naranjas la tercera planta, grises la cuarta y azules- que es mi color preferido- la quinta.

Enseguida que tuve listas las tarjetas, convoqué una reunión de vecinos. La hicimos en la planta baja ya que todos teníamos la tarjeta que nos decía como llegar. Agradecieron mucho les hubiera dado una solución al problema que se había generado y estaban encantados con las nuevas tarjetas, todas de colores distintos para así evitar confusiones. Alguno comentó que les haría un agujero para pasar una anilla y llevarlas a modo de llavero, otros que las plastificarían para que no se estropeasen…

A los pocos meses tuve que dejar el edificio, por trabajo, me trasladaban a otra ciudad. Pero antes de marcharme, hice una copia de todas las tarjetas, es posible que un día pase a visitar algún antiguo vecino…

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